Después de un fin de semana un tanto cansado y esperando una ultima ilusión para mejorar la semana estaba listo para el tan esperado concierto de Roger Waters. Anticipando lo que íbamos a oír, nos saturamos todo el traslado hacia el foro sol oyendo solo a Pink Floyd. El caos citadino se completaba con las ansias para estar lo suficientemente emocionados. Eramos concientes de que ibamos a estar en un concierto histórico lleno de sorpresas y regalos cual programa de chabelo fuese.
Una luna parcialmente llena, que a penas se asomaba en el horizonte, daba señales de que se asomaría aun mas a lo largo de la noche, fungiendo como reloj natural esperando marcar la hora exacta para oír por completo el Dark side of the moon. Cuando menos lo esperamos, se apagaron las luces, nos pusimos de pie y el señor Waters hizo su aparición. Desde ese momento, mi trasero jamás volvió a tocar el lugar numerado el cual tenia asignado.
Todo el concierto fue una terapia que me sirvió mas de lo que me esperaba, algo así como recibir RSP y resucitar tras años de muerto. Durante el concierto tire y arroje todo lo que tenia que desechar con todas y cada una de mis fuerzas: grite, brinque, cante, me emocione, olvide, maldije, volví a maldecir y seguí maldiciendo incansablemente. Lo que ahí estaba pasando era una recuperación que no pensé tener, los acordes de canciones que jamás creí escuchar en vivo, tornaron el papel de los medicamentos perfectos para recuperar el animo que había perdido esos días. Después de sacar todo lo que tenia dentro, comencé a disfrutar como no tenia idea. Los colores, las letras, las luces, todo, fue como un escenario mental y emocional expresamente montado para que siguiera siendo yo, y por momentos pareció como si solo fuéramos la música y mis últimos recuerdos que ahi mismo deje.
Vestido totalmente de negro, el señor Waters, a sus 63 años, expreso su característico espíritu rocker de vieja escuela. Nunca paro de rockear, como si fuera un jovenzuelo en plenas facultades repletas de testosterona. La lección que nos dejo fue que para rockear no hay limites de edad, solo el suficiente espíritu para mantenerse vivo, prueba de ello es que mi papá también estuvo ahí.
Después de tomarse un receso de 15 minutos, reposamos un momento. Lo que no me explico es como la gente que estaba atrás de todos nosotros estuvieron sentados todo el tiempo, es decir, si vas a ver opera, ballet, una corrida de toros, es lógico que permanezcas sentado ¿pero en un concierto de rock? NO MAMEN !! ¿sentados? es decir, por mi no hay problema pero, cuando me quisieron obligar a sentarme los mande completamente a donde solo esa clase de gente se manda. Varios tipos pesaditos con novias que al parecer, no sabían donde las llevaban sus novios lelos, me hablaban con un acento muy mamon “wee, neta, no eres transparente, no veo, siéntate por fa naa?”. En ese momento no estaba para derrochar mi furia contra idiotas como el u otras idotas iguales, simplemente me daba el lujo de ignorarlos y gritar aun con mas fuerza cuando se dirigían a mi. Perdón, pero era Roger Waters y ahí estaba para oír rock y lo que eso implicaba, no para estar sentado en un concierto como ese.
El concierto supero todas las expectativas que tenia. La idea era quedarme afónico y no expresar en algún tiempo lo que ahí viví, es decir, para exprimir por completo lo que en el concierto paso. El momento cumbre al que logre llegar fue cuando se oyó “Shine on you crazy diamond”. Eso fue el clímax !!! Recordare por mucho mucho tiempo lo que ese concierto me hizo expresar.